P. Pablo A. Villafranca M.
El evangelio de Marcos 8,23 pone la expresión ¿Qué vez? en labios de Jesús, expresión dirigida al ciego que ha tomado de la mano y ha sacado del pueblo. El lugar de esta curación es Betsaida, ciudad limítrofe entre Galilea y Traconítide en las riveras del lago de Kinnéret o Mar de Genezaret o Mar de Galilea. Betsaida tiene un vientre fecundo, agraciado, le había dado tres apóstoles a Jesús: Pedro, Andrés y Felipe (Cfr. Jn 1,44)
A este ciego Jesús lo toma de la mano, lo cual indica que su minusvalía no se limitaba a la ceguera física, es a su vez una minusvalía espiritual.
Dar la mano es un gesto muy tierno de Jesús, pero también es un gesto revelador: A la suegra de Pedro enferma le da la mano (Mc 1,31); a la niña muerta del magistrado de la sinagoga llamado Jairo, le da la mano (Lc. 8,54). En el contexto en el que actúa Jesús, dar la mano significa dar la vida, devolver la salud, sacar de un estado y conducir a otro. Los detalles de la narración son importantísimos.
San Juan narra una curación idéntica, pero el escenario dista mucho de ser el de las costas cálidas del Mar de Galilea, es la pomposa y orgullosa capital religiosa de Israel: Jerusalén. Mientras al ciego que describe Marcos lo llevan ante Jesús, en Juan, Jesús mientras enseña, divisa, ve a un ciego de nacimiento. Es Jesús quien repara en él, es Jesús quien nota su ceguera, es Jesús el que se pondrá «milagro a la obra».
En ambos relatos los ciegos son ciegos de nacimiento, Jesús untará barro en sus ojos, pero mientras al de Betsaida le impone las manos hasta que recobre bien la vista, al de Jerusalén lo envía a Silóe ( que significa enviado). En Jerusalén hay muchas piscinas de agua estancada, dispuestas a servir para la purificación de los judíos, pero lejos del templo, cerca de la puerta que se llamaba de la fuente existía una fuente de agua viva: Siloé. Siloé recibía sus aguas del torrente Cedrón y de ella se sacaba durante las fiestas de las Tiendas, agua como símbolo de las bendiciones mesiánicas. Jesús envía a una fuente viva, porque es el camino la Verdad y la Vida. Al ciego de Betsaida lo rehabilita en su debilidad afectiva, al de Siloé lo rehabilita en su fe: ambas áreas necesitan de la mano o la voz poderosa de Jesús que las rehabilite.
Las dos regiones de origen de los ciegos, corresponden a dos maneras de curación, a dos terapias diferentes.
La Terapia de Betsaida.
Es la debilidad total, la ceguera física a la que se le añade la pena de la minusvalía afectiva y que para ser curada necesita del acompañamiento, la cercanía, la ternura y el infundir confianza. ¿En que nos apoyamos para hablar de esta doble minusvalía? En el gesto de Jesús de tomarlo de la mano: todo ciego tiene su barita, Jesús le da la mano porque siendo la luz del mundo, más que abrir los ojos, iluminará la ceguera afectiva y espiritual de aquel ciego, tan débil, tan anónimo, tan segregado, que ni siquiera conocemos su nombre. Adherida a las tinieblas físicas a la incapacidad de ver, está la peor de las cegueras: la incapacidad de amar, de creer en el ser humano. Sólo Jesús sabe cuantos atropellos llevaba amalgamados e infectados en el alma aquel ciego: empujones, pedradas, ironías, burlas, desprecio, zancadillas, marginación, pobreza afectiva, le habían dicho un cuatrillón de veces: pobrecito, ciego, pecador, cieguito, pero nunca un te quiero, un te amo, un vales mucho. Por eso Jesús que sabe que este no ve pero siente el triple de alguien normal, y que su piel es mas inteligente que mil visionarios juntos, lo toma de la mano: el toque de Dios, el roce de Dios hecho hombre, lo conduce a las afueras del pueblo, pero a la espesura de su amor; tomo barro, y aquel salivazo no era para el ciego, era para el barro, el ciego solo sintió que alguien se ensuciaba las manos por él; muchas veces había tropezado y caído y ensuciado su rostro, sus andrajos, pero es la primera vez que percibe que alguien le ama, acepta el lodo y ante la voz de Jesús que pregunta ¿Qué ves? tiembla: Poco a poco abre los ojos y la luz entra como un rayo por sus pupilas, ve siluetas, colores de todo tipo, empiezan a definirse espesuras, tamaños, formas, pero no se atreve a ver a los seres que le han humillado tantas veces: ¡Veo a los hombres como árboles! Así ven los ciegos de amor y de corazón, ven a los demás como cosas, árboles, pero no como personas, entonces Jesús prosigue su oración. ¿Por qué? Porque de que sirve don pupilas vivas con un alma muerta, de que sirven dos retinas activas con un corazón inerte, y sigue orando, y su voz, sus palabras arrancan del corazón del ciego el resentimiento, los traumas, las faltas de amor, la ausencia de caricias en el pasado; ahora podrá caminar por los campos, sembrar, buscar formar un hogar... Para que estar odiando... y Jesús lo cura.
Era Betsaida el lugar donde aquel hombre aprendió a ver con los ojos del corazón desde el amor de Jesús a los hombres como hombres.
La terapia de Siloé
Puede ser que este ciego arrastrara muchas circunstancias familiares al ciego de Betsaida, pero de que este tiene fuerzas y agallas en el corazón las tiene; Jesús percibe un espíritu despierto, un apóstol dormido, un predicador aletargado. Un par de ojos funcionando más una inyección de confianza y fe y listo, sería un gran discípulo. Jesús esta convencido del potencial de aquel hombre, no le llevan al ciego, él lo observa de largo: que seguridad al caminar, como pide con gracia, pareciera que sus ojos en blanco dice a quien no le da nada: espérate que vea...
No puede más, escupe en el suelo, ya los apóstoles sospechan que viene galopando un milagro, hace barro manía esa de Jesús, como si no jugó niño, y se la unta en los ojos, el ciego no rezonga, aguarda, ya le habían dicho que allí estaba Jesús, y entonces escucha: ve a Silóe... ¿Cómo? ¿Sabrá Jesús donde es eso?, ¡esta hablando de más de 900 metros en picada, cuesta abajo, un ciego, en el día!... pero bueno. Siloé significa enviado, Jesús envía con su cara embadurnada del lodo al ciego a Siloé, curioso, la fuente viva donde se saca agua para la fiesta de las Tiendas, la ocasión en que Israel recordaba que habían morado en tiendas en el desierto, como él había morado tantas veces al descampado, sintiendo frío, temor, abandono de Dios y de los hombres. Pero va... la gente lo conoce y seguro le gritan: Hey, ciego cara sucia, ¿Quién te hizo eso? Jesús, y ¿Donde vas? ¡Ha Siloé! No pierdas tiempo, ven para acá, aquí te daré agua, no gracias no tengo sed de agua, sino de obediencia, él me dijo a Siloé y para allá voy...
Un camino largo y penoso, pero cada paso que dio le hacía saltar el corazón, se le abrían los ojos de emoción, la razón, sentía que nueva vida corría dentro de él, sus manos, su vos, su mandato, y llegó, se tiro de bruces a la piscina, seguro creyeron que había tropezado y que se ahogaría, pero que va, cuando le quisieron meter la mano les peló los ojos, se vio reflejado en el agua, su corazón no le mentía, esa voz, ese toque era la voz de Dios..., ¿quien sería, como sería ese Jesús?
Le cayó la prensa religiosa: fariseos y maestros de la ley interrogando, hasta que le colmaron la paciencia: ¿Me preguntan porque quieren hacerse discípulos suyos? No sé si es pecador o no, sé que Dios no escucha pecadores que era ciego y que ahora veo... casi lo matan, pero de pronto la misma voz, ¿Crees tu en el Hijo del Hombre? ¿Quién es Señor para que crea? ¡Soy yo, quien está frente a ti! Creo...
Rehabilitación por la fe y el esfuerzo, las pruebas nos ejercitan y nos invitan a superarlas. Caminar hacia delante si escuchar las salidas fáciles que el mundo ofrece, los escapes. Seguir hacia la fuente de agua viva y de vida que es Jesús, eso nos hará ver con claridad su rostro en el de los hermanos, amigos, familiares, en los enemigos, adversarios y demás. Betsaida o Jerusalén dos maneras de hacer ver de un mismo Señor, vale la pena decirle Jesús, quiero ver. Él sabrá escoger la terapia y el estilo.
A este ciego Jesús lo toma de la mano, lo cual indica que su minusvalía no se limitaba a la ceguera física, es a su vez una minusvalía espiritual.
Dar la mano es un gesto muy tierno de Jesús, pero también es un gesto revelador: A la suegra de Pedro enferma le da la mano (Mc 1,31); a la niña muerta del magistrado de la sinagoga llamado Jairo, le da la mano (Lc. 8,54). En el contexto en el que actúa Jesús, dar la mano significa dar la vida, devolver la salud, sacar de un estado y conducir a otro. Los detalles de la narración son importantísimos.
San Juan narra una curación idéntica, pero el escenario dista mucho de ser el de las costas cálidas del Mar de Galilea, es la pomposa y orgullosa capital religiosa de Israel: Jerusalén. Mientras al ciego que describe Marcos lo llevan ante Jesús, en Juan, Jesús mientras enseña, divisa, ve a un ciego de nacimiento. Es Jesús quien repara en él, es Jesús quien nota su ceguera, es Jesús el que se pondrá «milagro a la obra».
En ambos relatos los ciegos son ciegos de nacimiento, Jesús untará barro en sus ojos, pero mientras al de Betsaida le impone las manos hasta que recobre bien la vista, al de Jerusalén lo envía a Silóe ( que significa enviado). En Jerusalén hay muchas piscinas de agua estancada, dispuestas a servir para la purificación de los judíos, pero lejos del templo, cerca de la puerta que se llamaba de la fuente existía una fuente de agua viva: Siloé. Siloé recibía sus aguas del torrente Cedrón y de ella se sacaba durante las fiestas de las Tiendas, agua como símbolo de las bendiciones mesiánicas. Jesús envía a una fuente viva, porque es el camino la Verdad y la Vida. Al ciego de Betsaida lo rehabilita en su debilidad afectiva, al de Siloé lo rehabilita en su fe: ambas áreas necesitan de la mano o la voz poderosa de Jesús que las rehabilite.
Las dos regiones de origen de los ciegos, corresponden a dos maneras de curación, a dos terapias diferentes.
La Terapia de Betsaida.
Es la debilidad total, la ceguera física a la que se le añade la pena de la minusvalía afectiva y que para ser curada necesita del acompañamiento, la cercanía, la ternura y el infundir confianza. ¿En que nos apoyamos para hablar de esta doble minusvalía? En el gesto de Jesús de tomarlo de la mano: todo ciego tiene su barita, Jesús le da la mano porque siendo la luz del mundo, más que abrir los ojos, iluminará la ceguera afectiva y espiritual de aquel ciego, tan débil, tan anónimo, tan segregado, que ni siquiera conocemos su nombre. Adherida a las tinieblas físicas a la incapacidad de ver, está la peor de las cegueras: la incapacidad de amar, de creer en el ser humano. Sólo Jesús sabe cuantos atropellos llevaba amalgamados e infectados en el alma aquel ciego: empujones, pedradas, ironías, burlas, desprecio, zancadillas, marginación, pobreza afectiva, le habían dicho un cuatrillón de veces: pobrecito, ciego, pecador, cieguito, pero nunca un te quiero, un te amo, un vales mucho. Por eso Jesús que sabe que este no ve pero siente el triple de alguien normal, y que su piel es mas inteligente que mil visionarios juntos, lo toma de la mano: el toque de Dios, el roce de Dios hecho hombre, lo conduce a las afueras del pueblo, pero a la espesura de su amor; tomo barro, y aquel salivazo no era para el ciego, era para el barro, el ciego solo sintió que alguien se ensuciaba las manos por él; muchas veces había tropezado y caído y ensuciado su rostro, sus andrajos, pero es la primera vez que percibe que alguien le ama, acepta el lodo y ante la voz de Jesús que pregunta ¿Qué ves? tiembla: Poco a poco abre los ojos y la luz entra como un rayo por sus pupilas, ve siluetas, colores de todo tipo, empiezan a definirse espesuras, tamaños, formas, pero no se atreve a ver a los seres que le han humillado tantas veces: ¡Veo a los hombres como árboles! Así ven los ciegos de amor y de corazón, ven a los demás como cosas, árboles, pero no como personas, entonces Jesús prosigue su oración. ¿Por qué? Porque de que sirve don pupilas vivas con un alma muerta, de que sirven dos retinas activas con un corazón inerte, y sigue orando, y su voz, sus palabras arrancan del corazón del ciego el resentimiento, los traumas, las faltas de amor, la ausencia de caricias en el pasado; ahora podrá caminar por los campos, sembrar, buscar formar un hogar... Para que estar odiando... y Jesús lo cura.
Era Betsaida el lugar donde aquel hombre aprendió a ver con los ojos del corazón desde el amor de Jesús a los hombres como hombres.
La terapia de Siloé
Puede ser que este ciego arrastrara muchas circunstancias familiares al ciego de Betsaida, pero de que este tiene fuerzas y agallas en el corazón las tiene; Jesús percibe un espíritu despierto, un apóstol dormido, un predicador aletargado. Un par de ojos funcionando más una inyección de confianza y fe y listo, sería un gran discípulo. Jesús esta convencido del potencial de aquel hombre, no le llevan al ciego, él lo observa de largo: que seguridad al caminar, como pide con gracia, pareciera que sus ojos en blanco dice a quien no le da nada: espérate que vea...
No puede más, escupe en el suelo, ya los apóstoles sospechan que viene galopando un milagro, hace barro manía esa de Jesús, como si no jugó niño, y se la unta en los ojos, el ciego no rezonga, aguarda, ya le habían dicho que allí estaba Jesús, y entonces escucha: ve a Silóe... ¿Cómo? ¿Sabrá Jesús donde es eso?, ¡esta hablando de más de 900 metros en picada, cuesta abajo, un ciego, en el día!... pero bueno. Siloé significa enviado, Jesús envía con su cara embadurnada del lodo al ciego a Siloé, curioso, la fuente viva donde se saca agua para la fiesta de las Tiendas, la ocasión en que Israel recordaba que habían morado en tiendas en el desierto, como él había morado tantas veces al descampado, sintiendo frío, temor, abandono de Dios y de los hombres. Pero va... la gente lo conoce y seguro le gritan: Hey, ciego cara sucia, ¿Quién te hizo eso? Jesús, y ¿Donde vas? ¡Ha Siloé! No pierdas tiempo, ven para acá, aquí te daré agua, no gracias no tengo sed de agua, sino de obediencia, él me dijo a Siloé y para allá voy...
Un camino largo y penoso, pero cada paso que dio le hacía saltar el corazón, se le abrían los ojos de emoción, la razón, sentía que nueva vida corría dentro de él, sus manos, su vos, su mandato, y llegó, se tiro de bruces a la piscina, seguro creyeron que había tropezado y que se ahogaría, pero que va, cuando le quisieron meter la mano les peló los ojos, se vio reflejado en el agua, su corazón no le mentía, esa voz, ese toque era la voz de Dios..., ¿quien sería, como sería ese Jesús?
Le cayó la prensa religiosa: fariseos y maestros de la ley interrogando, hasta que le colmaron la paciencia: ¿Me preguntan porque quieren hacerse discípulos suyos? No sé si es pecador o no, sé que Dios no escucha pecadores que era ciego y que ahora veo... casi lo matan, pero de pronto la misma voz, ¿Crees tu en el Hijo del Hombre? ¿Quién es Señor para que crea? ¡Soy yo, quien está frente a ti! Creo...
Rehabilitación por la fe y el esfuerzo, las pruebas nos ejercitan y nos invitan a superarlas. Caminar hacia delante si escuchar las salidas fáciles que el mundo ofrece, los escapes. Seguir hacia la fuente de agua viva y de vida que es Jesús, eso nos hará ver con claridad su rostro en el de los hermanos, amigos, familiares, en los enemigos, adversarios y demás. Betsaida o Jerusalén dos maneras de hacer ver de un mismo Señor, vale la pena decirle Jesús, quiero ver. Él sabrá escoger la terapia y el estilo.