miércoles, 11 de junio de 2008

jueves, 29 de mayo de 2008

Bajo la lluvia




Bajo la lluvia de mayo
vi llorar flamas rojas a los malinches
y crecer la hierva en la calva de los montes.
Bajo las lluvias de septiembre
se estremeció mi cuerpo con la furia del rayo
y mis ojos cual perdices
huyeron por el espacio
al llegar el alba
tras la borrasca.

Bajo la lluvia de junio vi surgir las cosechas tempranas,
y cual óleo en manos de Monet
surgieron milpas y cascadas de flores gitanas,
como burbujas de Moët en lo profundo del alma.

Bajo las lluvias de agosto, vuelan mis pensamientos
y errantes buscan una tregua con las mañanas,
cuando las nubes se estacionan en mi ventana
liberando recuerdos y salpicando mis sábanas
del perfume que dejo tu cuerpo
adherido a mis ansias.



Bajo el torrente que del Olimpo se precipita a mi suelo,
bohemio de espacio, de azul y de ensueño
enarbolo un agitado verso
que de Rubén a Bequer
en las letras de Martí cabalga.
Soneto de Neruda
ensayo de Benedetti
cuento de Wilde,
mi mar a tu mar unidos
en océano convertido,
beso de infinitud transido
hechos costa blanca.


Chequen mi SkinFlix

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jueves, 10 de abril de 2008

Aprendiendo a ver


P. Pablo A. Villafranca M.
El evangelio de Marcos 8,23 pone la expresión ¿Qué vez? en labios de Jesús, expresión dirigida al ciego que ha tomado de la mano y ha sacado del pueblo. El lugar de esta curación es Betsaida, ciudad limítrofe entre Galilea y Traconítide en las riveras del lago de Kinnéret o Mar de Genezaret o Mar de Galilea. Betsaida tiene un vientre fecundo, agraciado, le había dado tres apóstoles a Jesús: Pedro, Andrés y Felipe (Cfr. Jn 1,44)
A este ciego Jesús lo toma de la mano, lo cual indica que su minusvalía no se limitaba a la ceguera física, es a su vez una minusvalía espiritual.

Dar la mano es un gesto muy tierno de Jesús, pero también es un gesto revelador: A la suegra de Pedro enferma le da la mano (Mc 1,31); a la niña muerta del magistrado de la sinagoga llamado Jairo, le da la mano (Lc. 8,54). En el contexto en el que actúa Jesús, dar la mano significa dar la vida, devolver la salud, sacar de un estado y conducir a otro. Los detalles de la narración son importantísimos.

San Juan narra una curación idéntica, pero el escenario dista mucho de ser el de las costas cálidas del Mar de Galilea, es la pomposa y orgullosa capital religiosa de Israel: Jerusalén. Mientras al ciego que describe Marcos lo llevan ante Jesús, en Juan, Jesús mientras enseña, divisa, ve a un ciego de nacimiento. Es Jesús quien repara en él, es Jesús quien nota su ceguera, es Jesús el que se pondrá «milagro a la obra».

En ambos relatos los ciegos son ciegos de nacimiento, Jesús untará barro en sus ojos, pero mientras al de Betsaida le impone las manos hasta que recobre bien la vista, al de Jerusalén lo envía a Silóe ( que significa enviado). En Jerusalén hay muchas piscinas de agua estancada, dispuestas a servir para la purificación de los judíos, pero lejos del templo, cerca de la puerta que se llamaba de la fuente existía una fuente de agua viva: Siloé. Siloé recibía sus aguas del torrente Cedrón y de ella se sacaba durante las fiestas de las Tiendas, agua como símbolo de las bendiciones mesiánicas. Jesús envía a una fuente viva, porque es el camino la Verdad y la Vida. Al ciego de Betsaida lo rehabilita en su debilidad afectiva, al de Siloé lo rehabilita en su fe: ambas áreas necesitan de la mano o la voz poderosa de Jesús que las rehabilite.

Las dos regiones de origen de los ciegos, corresponden a dos maneras de curación, a dos terapias diferentes.

La Terapia de Betsaida.

Es la debilidad total, la ceguera física a la que se le añade la pena de la minusvalía afectiva y que para ser curada necesita del acompañamiento, la cercanía, la ternura y el infundir confianza.
¿En que nos apoyamos para hablar de esta doble minusvalía? En el gesto de Jesús de tomarlo de la mano: todo ciego tiene su barita, Jesús le da la mano porque siendo la luz del mundo, más que abrir los ojos, iluminará la ceguera afectiva y espiritual de aquel ciego, tan débil, tan anónimo, tan segregado, que ni siquiera conocemos su nombre. Adherida a las tinieblas físicas a la incapacidad de ver, está la peor de las cegueras: la incapacidad de amar, de creer en el ser humano. Sólo Jesús sabe cuantos atropellos llevaba amalgamados e infectados en el alma aquel ciego: empujones, pedradas, ironías, burlas, desprecio, zancadillas, marginación, pobreza afectiva, le habían dicho un cuatrillón de veces: pobrecito, ciego, pecador, cieguito, pero nunca un te quiero, un te amo, un vales mucho. Por eso Jesús que sabe que este no ve pero siente el triple de alguien normal, y que su piel es mas inteligente que mil visionarios juntos, lo toma de la mano: el toque de Dios, el roce de Dios hecho hombre, lo conduce a las afueras del pueblo, pero a la espesura de su amor; tomo barro, y aquel salivazo no era para el ciego, era para el barro, el ciego solo sintió que alguien se ensuciaba las manos por él; muchas veces había tropezado y caído y ensuciado su rostro, sus andrajos, pero es la primera vez que percibe que alguien le ama, acepta el lodo y ante la voz de Jesús que pregunta ¿Qué ves? tiembla: Poco a poco abre los ojos y la luz entra como un rayo por sus pupilas, ve siluetas, colores de todo tipo, empiezan a definirse espesuras, tamaños, formas, pero no se atreve a ver a los seres que le han humillado tantas veces: ¡Veo a los hombres como árboles! Así ven los ciegos de amor y de corazón, ven a los demás como cosas, árboles, pero no como personas, entonces Jesús prosigue su oración. ¿Por qué? Porque de que sirve don pupilas vivas con un alma muerta, de que sirven dos retinas activas con un corazón inerte, y sigue orando, y su voz, sus palabras arrancan del corazón del ciego el resentimiento, los traumas, las faltas de amor, la ausencia de caricias en el pasado; ahora podrá caminar por los campos, sembrar, buscar formar un hogar... Para que estar odiando... y Jesús lo cura.

Era Betsaida el lugar donde aquel hombre aprendió a ver con los ojos del corazón desde el amor de Jesús a los hombres como hombres.

La terapia de Siloé

Puede ser que este ciego arrastrara muchas circunstancias familiares al ciego de Betsaida, pero de que este tiene fuerzas y agallas en el corazón las tiene; Jesús percibe un espíritu despierto, un apóstol dormido, un predicador aletargado. Un par de ojos funcionando más una inyección de confianza y fe y listo, sería un gran discípulo. Jesús esta convencido del potencial de aquel hombre, no le llevan al ciego, él lo observa de largo: que seguridad al caminar, como pide con gracia, pareciera que sus ojos en blanco dice a quien no le da nada: espérate que vea...

No puede más, escupe en el suelo, ya los apóstoles sospechan que viene galopando un milagro, hace barro manía esa de Jesús, como si no jugó niño, y se la unta en los ojos, el ciego no rezonga, aguarda, ya le habían dicho que allí estaba Jesús, y entonces escucha: ve a Silóe... ¿Cómo? ¿Sabrá Jesús donde es eso?, ¡esta hablando de más de 900 metros en picada, cuesta abajo, un ciego, en el día!... pero bueno. Siloé significa enviado, Jesús envía con su cara embadurnada del lodo al ciego a Siloé, curioso, la fuente viva donde se saca agua para la fiesta de las Tiendas, la ocasión en que Israel recordaba que habían morado en tiendas en el desierto, como él había morado tantas veces al descampado, sintiendo frío, temor, abandono de Dios y de los hombres. Pero va... la gente lo conoce y seguro le gritan: Hey, ciego cara sucia, ¿Quién te hizo eso? Jesús, y ¿Donde vas? ¡Ha Siloé! No pierdas tiempo, ven para acá, aquí te daré agua, no gracias no tengo sed de agua, sino de obediencia, él me dijo a Siloé y para allá voy...

Un camino largo y penoso, pero cada paso que dio le hacía saltar el corazón, se le abrían los ojos de emoción, la razón, sentía que nueva vida corría dentro de él, sus manos, su vos, su mandato, y llegó, se tiro de bruces a la piscina, seguro creyeron que había tropezado y que se ahogaría, pero que va, cuando le quisieron meter la mano les peló los ojos, se vio reflejado en el agua, su corazón no le mentía, esa voz, ese toque era la voz de Dios..., ¿quien sería, como sería ese Jesús?

Le cayó la prensa religiosa: fariseos y maestros de la ley interrogando, hasta que le colmaron la paciencia: ¿Me preguntan porque quieren hacerse discípulos suyos? No sé si es pecador o no, sé que Dios no escucha pecadores que era ciego y que ahora veo... casi lo matan, pero de pronto la misma voz, ¿Crees tu en el Hijo del Hombre? ¿Quién es Señor para que crea? ¡Soy yo, quien está frente a ti! Creo...

Rehabilitación por la fe y el esfuerzo, las pruebas nos ejercitan y nos invitan a superarlas. Caminar hacia delante si escuchar las salidas fáciles que el mundo ofrece, los escapes. Seguir hacia la fuente de agua viva y de vida que es Jesús, eso nos hará ver con claridad su rostro en el de los hermanos, amigos, familiares, en los enemigos, adversarios y demás. Betsaida o Jerusalén dos maneras de hacer ver de un mismo Señor, vale la pena decirle Jesús, quiero ver. Él sabrá escoger la terapia y el estilo.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Brumas


P. Pablo A. Villafranca M.


No sé porque escribo, como tampoco sé porque respiro; porque río cuando en el fondo se esconden las lágrimas, o porque dejo que las lágrimas se asomen cuando en el fondo, las pulsaciones del corazón dejan escapar una sonrisa. Son tantas las cosas que no sabemos, que nuestro ‘saber’ es a lo sumo un apreciar, porque el saber alude a lo permanente, mientras que la apreciación apela a lo efímero, lo pasajero... como lo es toda existencia humana.

Dejar volar la mente y conseguir que esta coincida con el corazón no es difícil, lo difícil es que ambas se encausen y coincidan con la realidad. ¿Pero que es la realidad? Deberíamos decir que lo que realmente me importa es la realidad subjetiva, que la defino como la manera en que la realidad me afecta, me cuestiona y la vivo. La verdad y la realidad objetiva, gozan de la comodidad de su statu quo: ser permanentes, constantes e indubitables. ¿Pero qué es permanente, constante y que no nos ofrezca a sorbos la duda en lo profundo de nuestras existencias? ¿Qué lo que nos brinda sosiego? ¿Acaso cuando saciamos una necesidad o ansia que portábamos, no nace en nosotros una nueva ansia o necesidad que buscamos saciar? Somos seres de permanente búsqueda, de continua insatisfacción, de peregrinaje. ¿Pero de peregrinaje hacia donde? ¿Hacia Dios? Dietrich Bönhoëffer afirmaba el 16 de Julio de 1944 en Tegel al escribirle a Eberhard Bethge: ‘el Dios que está con nosotros es el que nos abandona’. Dios no viene a ahorrarnos el esfuerzo, ni el sufrimiento, ni las penas; es más, si nos acercamos a él, estas (penas) se redoblan, y ante ese acercarse o replegarse divino, le suceden los manantiales de fe, que brotan con fuerza como géiser que sobrepuja en los interiores de nuestros corazones y explota buscando aventarnos hacia el cielo; o las faltas de fe, que hacen que esas mismas aguas se replieguen como aguas de mar resentidas por el súbito temblor que sacude con un beso las profundas placas en la espesura y profundidad de las tumbas marinas, y que las devuelven con la furia de los infiernos que devoran y arrasan todo en la acostumbrada tranquilidad costera. Dos impulsos fieros: manantial y maremoto, contradictoria tensión en la única constante de la existencia humana: la lucha, el cambio, y la superación del dolor por la esperanza del mañana. El agua que brota del manantial de la fe es dulce y endulza el alma; el agua que brota de la falta de fe, es amarga y salada y sala cuanto toca a su paso.

Pero ¿qué es lo puro en nuestros corazones? ¿No somos una mezcla de luz y oscuridad, de amor y odio, de fe y ateísmo, de pasión y oblación? ¡Sí lo somos, por eso Don Miguel de Unamuno dijo que somos una mezcla de ángel y bestia! ¿No debo avergonzarme de esperar cada día algo mejor, siendo este encuentro de angustias, enfermedades, logros y gozos? Quizás, pero no puedo renunciar a la esperanza que me despierta cada día, cuando el primer rayo del sol despunta en la mañana, sé que es un día menos de vida y uno más de fatigas, pero como decía Karl Friedrich: ¡la esperanza no se avergüenza!

Así somos, complicados como las palabras que brotan de un ser consciente de sed de infinitud y de las cadenas mortales que se encargan de recordarle que no es más que una yerba que crece y se marchitara en la espesura de este basto universo, en el que caben muchas preguntas y donde se obtienen pocas respuestas. ¿Soy yo, el que escribo? Complicada respuesta, me uno a los versos que Bönhoëffer escribía, cercano a ser conducido al exterminio Nazi:

¿Quién soy? ¿Este o aquel?
¿Seré hoy este y mañana otro?
¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita,
y ante mi mismo un despreciable quejumbroso y débil?
¿O bien, lo que aún queda en mí semeja el ejercito batido
que se retira desordenado ante la victoria que tenía segura?

¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí.
Sea quien sea, tu me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios!

Palabras, palabras que si alguien lee, también el tiempo se encargará de borrar, por eso como decía el Qohelet: ¡Vanidad de Vanidades, todo es vana ilusión!

Es hora de que vaya a practicar mi final postura: descansar en sueño: el perfecto ensayo para el descanso que un día será eterno, y junto a mi esperado Dios, Anhelado Dios, ese sueño será mi realidad de paz. ¿Pero paz con quien: con migo, con El con los demás? Hay una súbita rebeldía que me despierta por las noches y me entorpece en el día.

Elie Wiesel, superviviente de las cámaras de exterminio en Auschwitz decía en sus memorias:
«Frente al niño Judío que era ejecutado, se alzaba una voz en mi interior que me preguntaba: ¿Dónde está Dios? Mi reacción y mi respuesta sólo tienen sentido en el interior de la fe. Yo no he renegado de Dios. Me he levantado contra su justicia, he protestado contra su silencio y contra su ausencia, pero siempre era una cólera que se levantaba en el interior de la fe, nunca fuera de ella. Frecuentemente tenemos que aceptar el dolor de la fe para no perderla, aunque parezca que la tragedia del creyente es mas devastadora que la del increyente». E, Wisel así, desde su protesta creyente, desde su dolor extremo, se ve abatida por no desprenderse de la fe que posee en Dios, esa fe es sometida a la prueba mas estremecedora, más desgarrante, y de allí brota una reflexión sobre el «Phatos» divino, sobre la capacidad que Dios tiene para sufrir; y así, ante la pregunta ¿Dónde estaba Dios al momento de morir el niño judío? Wisel responde: Lo que nos afecta a nosotros sus hijos, también le afecta a Él, sencillamente porque es un Dios solidario. Constatar este dato e integrarlo en la vida, en la espiritualidad y en la reflexión, conduce a percatarse, a demás de que el dolor divino no anula ni palia el humano. Simple y trágicamente, se suman sin equilibrarse. Ser conscientes de esto significa, que el sufrimiento divino ya no puede ser para nosotros consolación que brota de la solidaridad de Dios con el género humano (redención diríamos en lenguaje cristiano) sino un castigo suplementario. Desde entonces, sólo está permitido preguntar al cielo, de manera análoga a como lo hacía Job ¿No tenemos bastante con nuestro sufrimiento como para que nos añadas el tuyo? Por eso E Wisel es Hija de la irredención, ya que no hay justificación alguna para las atrocidades de la historia, y en ella aparece una religión aparentemente irreligiosa, vista desde los cánones de “religiosidad” de un mundo que no se toma en serio el sufrimiento humano. D, Bonhoeffer decía al respecto en resistencia y sumisión: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Ante esa pregunta, se les derrumbaba su precomprensión de Dios y la expectativa puesta en Él. Esta es la inversión de todo lo que el hombre religioso espera de Dios. El hombre está llamado a sufrir con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios…No es el acto religioso lo constituye al cristiano que lo sea, sino su participación en el dolor de Dios en la historia del mundo… Jesús no llama a una nueva religión sino a la vida» Cuanta transparencia escapan de los labios de Wisel al decir que «no pretende decir la verdad sino no mentir» teología narrativa e irredenta escrita en la noche de Auschwitz. Así me retiro cada noche, en batalla que busca una tregua y en tregua que planea el triunfo en la próxima batalla. Rebeldía en la fe y fe en rebeldía: ¿Alcanza esto en nuestro concepto de Dios? Si no alcanza, significa que erramos en nuestros conceptos, que Dios no es concepto o que es el eterno desconocido y prófugo en una historia que le ha buscado.