P. Pablo A. Villafranca M.
No sé porque escribo, como tampoco sé porque respiro; porque río cuando en el fondo se esconden las lágrimas, o porque dejo que las lágrimas se asomen cuando en el fondo, las pulsaciones del corazón dejan escapar una sonrisa. Son tantas las cosas que no sabemos, que nuestro ‘saber’ es a lo sumo un apreciar, porque el saber alude a lo permanente, mientras que la apreciación apela a lo efímero, lo pasajero... como lo es toda existencia humana.
Dejar volar la mente y conseguir que esta coincida con el corazón no es difícil, lo difícil es que ambas se encausen y coincidan con la realidad. ¿Pero que es la realidad? Deberíamos decir que lo que realmente me importa es la realidad subjetiva, que la defino como la manera en que la realidad me afecta, me cuestiona y la vivo. La verdad y la realidad objetiva, gozan de la comodidad de su statu quo: ser permanentes, constantes e indubitables. ¿Pero qué es permanente, constante y que no nos ofrezca a sorbos la duda en lo profundo de nuestras existencias? ¿Qué lo que nos brinda sosiego? ¿Acaso cuando saciamos una necesidad o ansia que portábamos, no nace en nosotros una nueva ansia o necesidad que buscamos saciar? Somos seres de permanente búsqueda, de continua insatisfacción, de peregrinaje. ¿Pero de peregrinaje hacia donde? ¿Hacia Dios? Dietrich Bönhoëffer afirmaba el 16 de Julio de 1944 en Tegel al escribirle a Eberhard Bethge: ‘el Dios que está con nosotros es el que nos abandona’. Dios no viene a ahorrarnos el esfuerzo, ni el sufrimiento, ni las penas; es más, si nos acercamos a él, estas (penas) se redoblan, y ante ese acercarse o replegarse divino, le suceden los manantiales de fe, que brotan con fuerza como géiser que sobrepuja en los interiores de nuestros corazones y explota buscando aventarnos hacia el cielo; o las faltas de fe, que hacen que esas mismas aguas se replieguen como aguas de mar resentidas por el súbito temblor que sacude con un beso las profundas placas en la espesura y profundidad de las tumbas marinas, y que las devuelven con la furia de los infiernos que devoran y arrasan todo en la acostumbrada tranquilidad costera. Dos impulsos fieros: manantial y maremoto, contradictoria tensión en la única constante de la existencia humana: la lucha, el cambio, y la superación del dolor por la esperanza del mañana. El agua que brota del manantial de la fe es dulce y endulza el alma; el agua que brota de la falta de fe, es amarga y salada y sala cuanto toca a su paso.
Pero ¿qué es lo puro en nuestros corazones? ¿No somos una mezcla de luz y oscuridad, de amor y odio, de fe y ateísmo, de pasión y oblación? ¡Sí lo somos, por eso Don Miguel de Unamuno dijo que somos una mezcla de ángel y bestia! ¿No debo avergonzarme de esperar cada día algo mejor, siendo este encuentro de angustias, enfermedades, logros y gozos? Quizás, pero no puedo renunciar a la esperanza que me despierta cada día, cuando el primer rayo del sol despunta en la mañana, sé que es un día menos de vida y uno más de fatigas, pero como decía Karl Friedrich: ¡la esperanza no se avergüenza!
Así somos, complicados como las palabras que brotan de un ser consciente de sed de infinitud y de las cadenas mortales que se encargan de recordarle que no es más que una yerba que crece y se marchitara en la espesura de este basto universo, en el que caben muchas preguntas y donde se obtienen pocas respuestas. ¿Soy yo, el que escribo? Complicada respuesta, me uno a los versos que Bönhoëffer escribía, cercano a ser conducido al exterminio Nazi:
¿Quién soy? ¿Este o aquel?
¿Seré hoy este y mañana otro?
¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita,
y ante mi mismo un despreciable quejumbroso y débil?
¿O bien, lo que aún queda en mí semeja el ejercito batido
que se retira desordenado ante la victoria que tenía segura?
¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí.
Sea quien sea, tu me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios!
Palabras, palabras que si alguien lee, también el tiempo se encargará de borrar, por eso como decía el Qohelet: ¡Vanidad de Vanidades, todo es vana ilusión!
Es hora de que vaya a practicar mi final postura: descansar en sueño: el perfecto ensayo para el descanso que un día será eterno, y junto a mi esperado Dios, Anhelado Dios, ese sueño será mi realidad de paz. ¿Pero paz con quien: con migo, con El con los demás? Hay una súbita rebeldía que me despierta por las noches y me entorpece en el día.
Elie Wiesel, superviviente de las cámaras de exterminio en Auschwitz decía en sus memorias:
«Frente al niño Judío que era ejecutado, se alzaba una voz en mi interior que me preguntaba: ¿Dónde está Dios? Mi reacción y mi respuesta sólo tienen sentido en el interior de la fe. Yo no he renegado de Dios. Me he levantado contra su justicia, he protestado contra su silencio y contra su ausencia, pero siempre era una cólera que se levantaba en el interior de la fe, nunca fuera de ella. Frecuentemente tenemos que aceptar el dolor de la fe para no perderla, aunque parezca que la tragedia del creyente es mas devastadora que la del increyente». E, Wisel así, desde su protesta creyente, desde su dolor extremo, se ve abatida por no desprenderse de la fe que posee en Dios, esa fe es sometida a la prueba mas estremecedora, más desgarrante, y de allí brota una reflexión sobre el «Phatos» divino, sobre la capacidad que Dios tiene para sufrir; y así, ante la pregunta ¿Dónde estaba Dios al momento de morir el niño judío? Wisel responde: Lo que nos afecta a nosotros sus hijos, también le afecta a Él, sencillamente porque es un Dios solidario. Constatar este dato e integrarlo en la vida, en la espiritualidad y en la reflexión, conduce a percatarse, a demás de que el dolor divino no anula ni palia el humano. Simple y trágicamente, se suman sin equilibrarse. Ser conscientes de esto significa, que el sufrimiento divino ya no puede ser para nosotros consolación que brota de la solidaridad de Dios con el género humano (redención diríamos en lenguaje cristiano) sino un castigo suplementario. Desde entonces, sólo está permitido preguntar al cielo, de manera análoga a como lo hacía Job ¿No tenemos bastante con nuestro sufrimiento como para que nos añadas el tuyo? Por eso E Wisel es Hija de la irredención, ya que no hay justificación alguna para las atrocidades de la historia, y en ella aparece una religión aparentemente irreligiosa, vista desde los cánones de “religiosidad” de un mundo que no se toma en serio el sufrimiento humano. D, Bonhoeffer decía al respecto en resistencia y sumisión: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Ante esa pregunta, se les derrumbaba su precomprensión de Dios y la expectativa puesta en Él. Esta es la inversión de todo lo que el hombre religioso espera de Dios. El hombre está llamado a sufrir con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios…No es el acto religioso lo constituye al cristiano que lo sea, sino su participación en el dolor de Dios en la historia del mundo… Jesús no llama a una nueva religión sino a la vida» Cuanta transparencia escapan de los labios de Wisel al decir que «no pretende decir la verdad sino no mentir» teología narrativa e irredenta escrita en la noche de Auschwitz. Así me retiro cada noche, en batalla que busca una tregua y en tregua que planea el triunfo en la próxima batalla. Rebeldía en la fe y fe en rebeldía: ¿Alcanza esto en nuestro concepto de Dios? Si no alcanza, significa que erramos en nuestros conceptos, que Dios no es concepto o que es el eterno desconocido y prófugo en una historia que le ha buscado.